os inversores de las grandes petroleras tienen un problema. La necesidad de reducir las emisiones de carbono implica que en algún momento de las próximas décadas la demanda de combustibles fósiles podría alcanzar su punto máximo, aumentando el riesgo de que los precios colapsen y las reservas pierdan su valor. Los accionistas tienen que decidir si hacer preguntas más duras o continuar como de costumbre.

A juzgar por los inversores de Royal Dutch Shell, la respuesta es esta última. En la última reunión de accionistas del grupo, solo el 5% respaldó una moción que le obligaba a establecer y publicar objetivos alineados con el Acuerdo sobre el clima de París de 2015, que pretende limitar el calentamiento global a menos de 2 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales.

Shell no es una excepción en lo de quedarse corto, según el think tank Carbon Tracker. En general, las grandes petroleras no dan a los inversores suficientes detalles para indicar cómo afectaría un escenario de subida por debajo de los 2 grados centígrados al valor de sus activos, señala el centro investigador.

Las grandes petroleras europeas en general asumen precios de 70 a 80 dólares el barril cuando hacen tests sobre el deterioro del valor de sus activos, en comparación con un promedio de 35 dólares entre 1861 y 2016, según la gestora de fondos Sarasin & Partners.

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